7.12.08

POETAS EN EL ACTO: La generación de los novísimos. Chile

Cojo este extracto de la interesante tesis acerca de la "novísima chilena" (poesía del 2000) escrita por el poeta Felipe Ruiz Valencia. El trabajo incluye entrevistas a los novísimos y una breve antología.



LOS NOVÍSIMOS: EL CANTO DE UN AMANECER


Lo que hay en común entre los estudiantes que el año 2006 salieron a la calle a protestar por la Ley General de Educación y los poetas novísimos, o poetas del 2000 o, si se prefiere, poetas jóvenes, dista mucho de ser simplemente el correlato de una rebeldía pueril y visceral: es también la rebeldía de un amanecer. Y eso no porque los poetas fueran estudiantes y hayan salido a realizar activamente aquellas manifestaciones, sino porque se me vinieron a la cabeza inmediatamente un millar de poemas que mantenía albergada en mi memoria, en donde con tono casi profético se anunciaba la avasalladora rebelión de los pingüinos. Pensé en Diego Ramírez, su voz popular a la vez que marginal, llena de un sentido adolescente y lejano a cualquier epíteto de poeta maldito; pensé en Pablo Paredes, y su poesía coloquial y directa, alejada de manierismos y tan colmada de pasión y canto; pensé, por supuesto, en Héctor Hernández, alias H.H, el líder indiscutido del grupo poético. Todos ellos son los poetas del 2000. Todos ellos son la novísima.

I. LOS ORÍGENES
Si hubiera que sumarle un nombre femenino a este grupo deberíamos decir: Paula Ilabaca. Y si fuéramos más exactos, deberían ser dos: Paula Ilabaca y Gladyz González. Hacia el año 1999, Héctor Hernández, Paula Ilabaca, Diego Ramírez y Gladys González asistieron a los talleres de Balmaceda 1215, ubicados en esa precisa dirección, a un costado de la Estación Mapocho. Corrían los primeros años de la década del 90` y el Estado comenzaba a saldar la “deuda histórica” con el mundo de las Artes, una deuda que se expresaba, por entonces, en la falta de un Ministerio de Cultura y en la ausencia de políticas para la cultura que se tradujeran en fondos concursables. Se diseñaron muchas de las políticas culturales que hoy en día aún siguen en pie, como el Fondart. Otra serie de iniciativas que despertaron gran entusiasmo, tuvieron que ver con el rescate de espacios físicos para la cultura. Así surgió Balmaceda 1215. Bajo la idea de dar un nuevo uso al imponente edificio ubicado en dicha dirección postal, y que fue, durante años, la sede de las oficinas administrativas de la colindante Estación Mapocho. Se trató de una experiencia pionera en su diseño. El inmueble de Balmaceda 1215 fue cedido y adaptado para que en él se realizaran talleres de teatro, música y artes plásticas.


Los talleres literarios, hasta la época del surgimiento de Balmaceda, o bien eran pagados, o bien se mantenían amparados por las Universidades. La agrupación de los poetas en este nuevo centro trajo un cambio radical en el modo de entender el taller. Inicialmente, Balmaceda agrupaba a jóvenes de escasos recursos, dándoles la oportunidad de tener contacto con escritores de renombre sin mediar gastos para ellos. Los novísimos se vieron impelidos por este nuevo brío y, a no dudar, mucha de su temprana poesía surge desde ese vínculo entre marginalidad y rabia que expresaron tanto Diego Ramírez como Héctor Hernández.


Pero no adelantemos tanto. Bastará con indicar que muchos de ellos – menos Paredes– fueron miembros del taller de Sergio Parra. “Farra” –como lo llama Germán Carrasco en uno de sus libros-, es un poeta intermediario, de una generación indeterminada entre la “Escena de Avanzada” (léase Colectivo de Acciones de Arte C.A.D.A en su totalidad, Balcells, Eltit, Zurita, Rosenfeld y Castillo) y la generación del 90`. Hoy por hoy, se ha instalado con la librería Metales Pesados en la calle José Miguel de la Barra y ha dejado de lado la actividad de los talleres. Sobre ese famoso taller rememoro sus palabras exactas: “Yo les hice leer a poetas distintos. No fueron Pablo Neruda u Octavio Paz, sino Carmen Berenguer y Yanko González. Creamos un mundo paralelo de lecturas frente a la institución del canon poético”, Sergio Parra Dixit. Con belleza, Hernández refleja en este poema esas precoces incursiones:

No a las respetables putas de la belleza / No a los distinguidos perros de la poesía / Nosotros hemos cantado a nuestra generación sin lograr despertarlos del miedo / Nosotros hemos jugado a ser palabra derramando a tiros el desenfado sobre las cabezas de los boquiabiertos que nunca imaginaron un arrebato como este para la poesía y para lo que se vive de ella / Hemos desvestido a las muñecas con fuego y voz propia / Hemos desasistido por ellos nuestra lógica y nuestro pudor / Porque cuando los dioses se quedan en silencio los desiertos de atacamas del mundo florecen hacia adentro de los ojos / Ya no queremos ser más ciegos / Buscamos luchar contra la desesperación del tiempo y los demonios del poder / Pero sólo ahora hemos resuelto que la poesía es un rumor de prestidigitadores / Y que nuestros dedos son dardos
Héctor Hernández
NO!

Y es así como Héctor Hernández, Paula Ilabaca, Diego Ramírez y Gladys González, con un promedio de edad que bordea los 18 años, se inscribieron en el curso de Sergio Parra, durante el segundo semestre de 1999.

II. LA NOVÍSIMA EN PLENO: EL AÑO 2000

El año 2000 no es simplemente el cambio de siglo. Se dice: es el cambio de milenio. Pero es además, el fin de una ilusión: en el año 1998, se publica el opúsculo Chile Actual: Anatomía de un Mito. Su autor, Tomás Moulián surge como un intelectual de peso, y la sociología se pone de moda. Junto con ella, es también la Universidad Arcis, la que surge como bastión contracultural. Es así como muchos conocen a la editorial Lom, a la revista Rocinante. Surgen voces críticas, hacia fines de la década del 90`, en relación a la vida cultural, económica y política del país.

Muchos universitarios (y liceanos) se sintieron fervientemente entusiasmados por ese proceso. Lo vieron como una respuesta ante otros fenómenos paralelos que suscitaban no más de algún odio generacional: el ensamblaje amable de los canales de televisión, el lento pero sostenido sobrepoblamiento de la ciudad, y la ultra visitada cita al “consumismo”, que en el caso de los más jóvenes revestía las veces de consumo cultural–chatarra.

La poesía que se conocía de la llamada generación de los 90` o “náufragos” (Javier Bello es su más destacado representante) era escasa e indocumentada. Muchos de ellos, al parecer, eran demasiado jóvenes para dirigir talleres en Balmaceda 1215. No hay, sin embargo, que caer en la evidencia de la generación como algo dado. Las generaciones son móviles e inestables, aunque pese a ello debemos asumir que existe una marca distintiva en los años 90`, pese a que Patricia Espinoza levantó en la conferencia de un encuentro poético, en octubre del 2004, la hipótesis de una “Red Poética Siglo XXI” – en la que entrarían novísimos como noventeros -. Serán los mismos autores del 90` los que instaurarán su propia escuela. Los novísimos surgen al amparo de una marginalidad que le hace frente a esa canonización.


Pero no se trató de un giro premeditadamente conceptual a la poesía anterior. No se trató, siquiera, de una experiencia que intentaba borrar el pasado. La borradura que había ejercido el predominio de las escuelas de literatura en los 90`, minaba las conexiones amplias, y necesarias, con el arte entendido como una manifestación global de la experiencia social y física. La experiencia del C.A.D.A fue el necesario vínculo para revitalizar la idea de un nuevo patrón poético distinto de la instauración generacional de los 90`. Ellas se abrían hacia un tipo de registro poético liberado de las ataduras típicas de la institución académica y, a su vez, permitieron, por ejemplo, la realización de intervenciones y performances en espacios urbanos.


Después de la Dictadura. ¿Por qué la insistencia, en ese sentido, de revistar la epoché del dolor?

Una respuesta a ello puede ser la necesidad de dimensionar el daño, la erosión dejada por un sueño social incumplido por la Concertación. Pero también, enfrentar a la noche que se había abierto como una fosa en la vida de muchos jóvenes que habitaban en lo más ruinoso del porvenir eriazo de Chile: el presente, sin nostalgia, de la anomia social, del desempleo, de la apatía del mundo adulto. De este modo, y de frente allí, la poesía novísima se planteó desde la ambigüedad sexual, desde la promiscuidad y la belleza (a veces demencial) de la marginación como una última frontera, como una guerra sin cuartel contra las promesas rotas del proyecto concertacionista.

De allí viene lo siguiente:

Como un pequeño buda iluminado en calzoncillos
Que calienta sus congelados a la luz del televisor
Puedo hablar de la muerte
Pero sólo sé lo que han dicho los que no saben nada de ella
Pierdo luchando contra mí mismo
Y ser hombre nada tiene que ver con esto
Porque ser más hombre quiso decir menos
Allá lejos queda aquel entonces
En que los amantes cuidamos tanto de no manchar a la muerte
Con nuestra esperma
Mi Chico enloqueció hoy son pocos los que me han visto
Y ten contigo que cuando escribo muerte digo amor
Como un pequeño buda iluminado en calzoncillos

Es el poema fundamental de la novísima, su poema fundacional. Pertenece a la serie Elegía Homenaje a Walt Withman, del libro Este libro se llama como el que yo una vez escribí, de Héctor Hernández.

Pero esa productividad del poema no implica, ni por lejos, la sutura, la solución del registro del poema. A lo más, permite explicar la operación que está en juego al interior de los “Novísimos”, pero que de seguro no pasa por alto su matriz unívocamente desgarrada, dolorosa: allá lejos queda aquel entonces.

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Extracto tomado de letras s5

Ver el trabajo completo aquí

Blog del autor

En la foto; Gladys Gonzales, Pablo Paredes y Diego Ramírez

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